lunes, 11 de febrero de 2013

Tecnológica soledad

La vida en Newsaphire es la de cualquier población no demasiado grande que se encuentra en la penumbra de una monstruosa ciudad. Y un lunes por la noche, a las nueve menos diez, es un buen momento para pararnos a observar el ajetreado tejemaneje de Mary, cajera de veintiún años, en un supermercado de una gran cadena.
Éste concretamente, se encuentra en la avenida principal, un lugar de tránsito necesario para cualquier lugareño, bien sea para ir al centro o para hacer la compra semanal.

A nuestra protagonista le quedan escasos minutos para terminar su jornada y aún ya siendo horas de preparar cenas, siempre quedan los compradores de última hora que haciéndose los muy ocupados o los lánguidos despistados, acceden a tienda para prolongar esos minutos agoniosos en una tarde soberanamente aburrida.

Una cajera es alguien acostumbrada a ver desfilar sujetos de innumerable índole por delante de su cara, ahora mismo, un varón de unos 46 años con apariencia de soltero y no mucho tiempo o ganas de cocinar, deposita su compra en caja, casi todo, alimentos preparados o semipreparados de una ración o dos, todo lo más.

Mary lleva por debajo del pelo, escondidos los cables que la conectan a un Ipod con su música preferida, arriesgando su enclenque puesto de trabajo, tal vez por su edad, tal vez por no estar del todo en riesgo su posición social.

Con todos los productos pasados por el lector, Mary, obedeciendo órdenes de arriba, le ofrece la promoción de la semana consistente en dos paquetes de toallitas húmedas al precio de una, a lo cual, el hombre la mira algo desconcertado diciéndole que no, con apenas la mirada.

Al no escuchar respuesta alguna, Mary se lo vuelve a preguntar y el otro, algo ya mosqueado, le recrimina con un dedo acusador hacia su mejilla.

Mary, rauda, se descuelga un auricular de la oreja al tiempo que levanta los ojos, temerosa de que algún compañero o superior la pille. Mira el reloj, son menos dos, despacha como puede al cliente y se vuelve a aislar en su micromundo musical mientras encapsula billetes que son tragados por el tubo que tiene frente a su frente.

Cierran, coloca sus bártulos en un bolso tipo saco, donde todo se mezcla con gran desorden. Se agacha para ajustar los cordones de sus zapatillas después de haberse cambiado el uniforme en los vestuarios.
Sale a la calle y anda rápida, denotando sus orígenes de capital. Pasa por la máquina de cigarrillos de la esquina y sigue hasta el portal de su apartamento. Demasiado lujo para una simple cajera. Los sistemas de seguridad del edificio son avanzados y el ascensor abre en cada planta, sus puertas a un único apartamento, no de excesivos metros, cosa que minimiza el tiempo de coincidencia entre vecinos.

Se cierra la puerta electrónica tras ella, tira el bolso sobre el sofá y cómo no, se conecta a la red, no sin antes, abrir una lata de su refresco favorito.
Sus ropas deportivas no guardan relación con el tiempo al que al deporte dedica actualmente y el sexo que practica, es más escaso del que por su edad, se pudiera imaginar. La razón: se ha quedado pillada por un chico al que conoció en una de tantas redes sociales y el tiempo que dedica a chatear con él es, con mucho, más de la mitad de su tiempo libre.

El trabaja de vigilante de seguridad a dos mil kilómetros de distancia (claro, el de su trabajo, tan cercano, tan posible y tan real, difícilmente le iba a gustar...). No se han visto más que por la cam y planean desde hace algún tiempo quedar, para, entre otras cosas, poderse besar.

John parece ágil y fuerte, es afable y con gustos parecidos a los de ella, veintitrés años y toda una vida por delante, o tal vez, por detrás.

Ya en casa, tesoro?”, “Aquí estoy guapo, para el deleite de dos de tus sentidos”.

La educación que Mary ha recibido de sus padres tampoco se corresponde con la de una cajera al uso, por así decirlo. Cursó equitación, danza clásica, solfeo y escribe poesía desde los ocho.

Las insinuaciones de ella hacia él, sobre su imperiosa necesidad de tocarlo, son cada vez más palpables.

Llevan ya un rato y Mary empieza a sentirse indispuesta, un fuerte dolor de cabeza y la pérdida de visión paulatina la empiezan a preocupar. Ha pasado de la nada al todo en no más de tres minutos.

Le comenta lo que le sucede, el dolor va en aumento, por un momento sus manos se abalanzan sobre su cabeza y agacha la mirada porque es incapaz de mantenerla ya sobre el monitor. Como si de un martillo se tratara, siente una punzada en la sien que la doblega literalmente y cae al suelo de la silla acurrucada sobre sí misma, en posición fetal.
Respira o trata de respirar ordenadamente en un afán de mitigar la bestial migraña, pasan unos larguísimos dos minutos.

El sonido de los comentarios añadidos al chat es lo único que se oye, su amigo estará preocupado, hoy no dispone de la cam y han optado por la escritura, que puede ser tan veloz como la lengua.
Por fin ella, hace de tripas corazón y se encarama a la mesa agarrándose fuerte a la pata.

Alcanza el teclado para poner un desesperado S.O.S., espera que John pueda llamar a una ambulancia que acuda a su casa porque ella no sabe donde llamar, pero al entreleer lo escrito, descubre que lo que él le ha estado diciendo ha sido, sin ir más lejos, que ya no podían seguir así, que él tenía una amiga desde hace tiempo, en realidad era su novia desde los quince y empezaba a sospechar, puesto que le habían cambiado los turnos de trabajo y ahora pasaban más tiempo juntos.

Supongo que lo entenderás” “a fin de cuentas, ambos sabíamos que ésto no era más que un juego” y a la postre añadía, frente a los repentinos dolores de ella, “no te lo tomes así, se te pasará”.

Por lo visto, Mary ya no había podido leer las últimas frases de él correctamente y le había seguido añadiendo comentarios sobre su indisposición sin sospecha remota de lo que ocurría.
Estaba vencida, doblemente abatida. Decide descartar el pedir ayuda a este cobarde recién desenmascarado y venido a menos, llamará a su padre.
Como siempre en viaje de negocios, le llama al móvil desde su netbook pero no lo coge.

Aprovecha para leer los mensajes recibidos, ha perdido el vuelo directo y tendrá que coger un avión que hace escala en otro aeropuerto para poder llegar esa misma noche a la ciudad. No debe tener cobertura y la comunicación con él es momentáneamente imposible.

Pasa a llamar ahora a su madre, profesora de yoga de conocida reputación, que antepone sus clases o estados del alma al vulgar gesto de coger llamadas sin más. Aprovecha algún hueco insospechado para atender mensajes y devolverlos, bien sean alumnos, colaboradores que organizan congresos, o eventuales encuentros para celebrar rituales sobre la luna o las estaciones.

Su hija? Su única hija? Pues cabe decir que desde la separación con el padre de ésta, la llama de tanto en tanto, para hablarle en un tono un tanto discursivo, como teledirigido, sobre lo aconsejable de una buena alimentación y otros menesteres que considera de gran trascendencia, sin denotar gran diferencia entre sus charlas laborales y el sermón que dedica a su hija, importándole bien poco o más bien, un bledo, lo que a ésta le pueda suceder.

Por tanto, su madre, como de costumbre, no coge el móvil y a Mary le da pereza dejar mensaje alguno en el contestador. Le parecen tan absurdas la vida y a la vez, la voz de su madre queriéndose hacer pasar por la gran entendedora de la humanidad...

Por último están los vecinos, pero no recuerda la manera de comunicarse con ellos, sabe que el interfono tiene una función específica para conectar directamente con cada uno de los apartamentos pero hace falta un código que no llega a recordar.

Se arrastra, repta compungida, no es más que un pedazo de carne dolorida, o al menos, así es como se siente. Sola, fría y duramente sola. Ella que tanto presumió de su tecnológica soledad... 

                                                 Eli D. Dragón

 







No hay comentarios:

Publicar un comentario